Una tarde de julio, justo cuando el sol empezaba a bajar y las sombras se alargaban entre los pasillos del cementerio, me tocó quedarme más allá de mi turno.
Había llegado una familia a visitar una tumba y me pidieron unos minutos extra. Así que me senté cerca del panteón central, a esperar que terminaran.
No pasaron ni diez minutos cuando escuché algo que me erizó la piel: un sollozo.
Un llanto bajito, contenido, como de alguien que no quería ser oído… pero claramente estaba ahí. No era la familia que seguía reunida unos metros más allá. Era algo más. Me levanté, fingiendo valentía, y seguí el sonido.
Lo localicé cerca del bloque 17, en una esquina poco transitada.
Y ahí lo vi: una figura agachada, con una manta gris sobre los hombros, llorando frente a una lápida. Mi corazón ya estaba golpeándome el pecho, pero igual me acerqué y dije con la voz más firme que encontré:
—¿Se encuentra bien?
La figura se quedó quieta. Silencio. Ni un respiro. Di un paso más.
—Disculpe… ¿necesita ayuda?
Entonces la figura se levantó de golpe, me miró… ¡y era Doña Marta! Una señora que viene todas las semanas a visitar a su difunto esposo. Estaba tan encorvada y envuelta en la manta que de lejos parecía otra cosa.
Me explicó entre risas (una vez que yo recuperé el alma) que se había confundido de tumba. Resulta que la lápida de su esposo y la del señor “Manuel Fernández” eran casi iguales, y que no se había dado cuenta porque estaba muy metida en sus pensamientos.
Estaba llorando en la tumba equivocada y hablándole al pobre Manuel como si fuera su difunto Armando.
Los dos terminamos llorando… ¡pero de risa!
¿Alguna vez te asustaste por algo que, al final, resultó ser completamente normal?
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