Había algo en el Cementerio Los Pinos que siempre me inquietó. Tal vez era el aire pesado entre los árboles retorcidos o el silencio sepulcral que parecía absorber hasta el sonido de mis pasos.
Esa noche, sin embargo, todo se sentía distinto. Había aceptado un reto de mí misma: caminar hasta el mausoleo abandonado en el centro del cementerio y tomar una foto.
Una tarea simple, aunque la idea me llenaba de una sensación inexplicable de temor.
La niebla se aferraba al suelo como una serpiente al acecho mientras avanzaba con mi linterna titilando, incapaz de mantener su luz estable. Las lápidas parecían mirarme desde su quietud, con nombres y fechas que me recordaban lo efímera que es la vida.
De pronto, un sonido sutil, como el roce de una hoja, llegó desde un rincón oscuro.
«El viento», me dije. Pero en ese momento el viento se había extinguido.
Aceleré el paso, ignorando los murmullos que parecían surgir de la tierra misma. Cada piedra funeraria que dejaba atrás parecía un testigo de mi osadía o mi locura.
Al llegar al mausoleo, noté que su fachada estaba cubierta de grietas, como si el tiempo hubiera tratado de devorarlo sin éxito. La puerta de hierro forjado estaba abierta, una invitación que jamás debí aceptar.
Dentro, la atmósfera era pesada, cargada de un frío que no era natural. Me acerqué al nicho central para tomar la foto y acabar con el desafío. Pero al encender la cámara, la pantalla mostró algo que no estaba en el mausoleo. Una figura borrosa, con ojos brillantes como brasas, miraba directamente a mí desde la esquina.
Giré sobre mis talones para enfrentarla, pero el espacio estaba vacío. O al menos eso creí, hasta que un susurro gélido llegó desde todas direcciones. «¿Por qué aquí? ¿Por qué tú?»
No pude moverme. Mis piernas estaban clavadas al suelo como raíces que se negaban a soltarme. Entonces lo vi: un cuerpo etéreo que emergía de la pared, un ser sin rostro, formado por sombras que parecían devorar la luz.
Corrí. Dejé atrás la cámara, el mausoleo y mi orgullo. Pero cuando creí estar a salvo en la entrada del cementerio, tropecé y caí al suelo. Al alzar la mirada, vi las lápidas alineadas frente a mí. Todas las inscripciones ahora llevaban mi nombre.
Y detrás de mí, un susurro. «Bienvenida.»
Nunca salí de allí.
Desde entonces, si visitas el Cementerio Los Pinos, asegúrate de no mirar hacia el mausoleo por la noche. Porque a veces, entre las sombras, podrías verme observándote, esperando… que tomes mi lugar.
¿Te atreverías a caminar por el Cementerio Los Pinos, sabiendo que podrías dejar de ser tú mismo para convertirte en una inscripción más?
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