El Hombre de las Flores Marchitas

Dicen que los cementerios son para los vivos, no para los muertos. Quizás eso explica por qué algunos vuelven allí una y otra vez, buscando algo que no pueden soltar.

Fue por eso que decidí seguir a un hombre al que todos en el pueblo conocían como El Florista de los Muertos.

Siempre se le veía al atardecer, cargando un ramo de flores marchitas. Nunca saludaba, nunca hablaba. Su figura encorvada se perdía entre las tumbas con un propósito que nadie entendía. Algunos aseguraban que lo hacía para pedir perdón; otros decían que buscaba a alguien.

Pero lo más extraño era que nadie conocía su nombre, ni siquiera los sepultureros.

Una noche, movido por la curiosidad —y un poco por el morbo— decidí seguirlo. Lo vi entrar al cementerio como si supiera que lo estaban esperando.

Caminaba lento, pero cada paso parecía decidido. Sus flores, ajadas y sin vida, parecían más un tributo maldito que un regalo.

Lo observé esconderse detrás de una tumba alta, una de las más antiguas, donde el mármol estaba casi desintegrado por el tiempo.

Desde mi escondite, noté que murmuraba algo, como una especie de oración o conjuro. Fue entonces cuando sentí que el ambiente cambió: el aire se volvió helado, y una brisa cargada de un olor agrio, como tierra podrida, me envolvió.

Al asomarme, vi que colocaba las flores sobre la tumba, pero algo estaba mal. La lápida no tenía nombre, solo una cruz desgastada. El hombre comenzó a llorar, un sollozo profundo y desgarrador, como si estuviera confesando una culpa antigua.

De pronto, algo se movió. No era el hombre, ni las ramas de los árboles. Era la tierra, que parecía abrirse lentamente.

Quise gritar, pero un terror indescriptible me dejó clavado en el lugar. Del suelo emergió una mano fina y pálida, como la de un cadáver, y tomó las flores con delicadeza.

El hombre no se movió, no huyó. Simplemente dijo con voz quebrada: “Perdóname… por no haberte esperado.”

La mano se hundió de nuevo en la tierra, y el hombre quedó en silencio. Pensé en acercarme, pero cuando reuní el valor y salí de mi escondite, ya no estaba.

Al día siguiente, decidí regresar al cementerio para comprobar si había soñado todo. Fui hasta la tumba, pero ya no estaba allí. El espacio donde la había visto era solo un terreno vacío, cubierto de maleza.

Esa noche, al volver a casa, encontré algo sobre mi mesa. Era un ramo de flores marchitas.

¿Qué harías si supieras que alguien podría visitarte desde la tumba para buscar el perdón que nunca recibió?

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