El crisantemo

La flor que llega cuando el tiempo se enfría

No siempre me entienden.
En algunos lugares me asocian con la muerte, en otros con la longevidad.

Yo habito esa contradicción: soy la flor que aparece cuando el año se apaga, cuando el sol ya no promete regreso inmediato.

En el cementerio, el crisantemo no irrumpe: permanece. No se marchita rápido, no se rinde al primer frío. Por eso me colocan aquí, sobre tumbas que ya no reciben visitas constantes, sobre nombres que empiezan a borrarse de la conversación cotidiana.

Yo no hablo de despedidas recientes. Hablo del tiempo que sigue después. Del duelo que ya no llora todos los días, pero pesa. Del amor que se transforma en costumbre silenciosa.

Mis pétalos apretados guardan lo que no se dijo en el funeral, lo que quedó pendiente cuando las flores frescas se secaron. Soy la flor de quienes regresan meses después, cuando nadie más viene, cuando la muerte ya no es noticia pero sigue siendo ausencia.

Si me ves en una tumba, entiende esto: alguien sigue recordando. Aunque no se note. Aunque no haga ruido. Yo estoy aquí para sostener ese recuerdo cuando todo lo demás se enfría.

Gracias por quedarte hasta el final.

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